La consulta interna del petrismo dejó algo más que resultados electorales: expuso quién ejerce hoy el poder real dentro del llamado “cambio”. Y uno de los nombres que más ruido genera es el de Wilson Arias, convertido ahora en pieza clave de un bloque político que gira alrededor de Armando Benedetti, el gran operador del proyecto.
Con 171.354 votos, Arias protagonizó uno de los saltos más abruptos de la jornada. En 2018 había sido un senador marginal, con apenas 15.279 votos. Hoy, su fortaleza electoral no se explica por un auge ideológico, sino por el control burocrático del SENA, una entidad históricamente usada como plataforma clientelista por los partidos tradicionales y que ahora aparece como motor de su maquinaria política.
El contraste es difícil de ignorar: mientras Arias se consolida gracias a estructuras administrativas y respaldos regionales, figuras emblemáticas de la izquierda histórica —como Alirio Uribe, Feliciano Valencia o Jahel Quiroga— quedaron por fuera, sin maquinaria ni favores que repartir. La consulta no premió coherencia política ni trayectoria ideológica; premió capacidad de movilización desde el Estado.
Este fenómeno no es aislado. Arias hace parte de un bloque pragmático que ha encontrado en Benedetti su principal articulador. El propio presidente Gustavo Petro reconoció, en el consejo de ministros del 4 de febrero de 2025, el peso real del exsenador en la toma de decisiones. Hoy, Benedetti marca el rumbo y cuadros como Arias administran poder territorial, replicando prácticas que el petrismo prometió desmontar.
Lo que alguna vez fue un discurso de ruptura con la política tradicional hoy se parece demasiado a ella. El caso de Wilson Arias simboliza esa transformación: del senador “ético” y de causas laborales, al barón electoral sostenido por burocracia y lealtades administrativas.
La conclusión es incómoda pero evidente: el “cambio” no solo se diluyó, sino que terminó reorganizado alrededor de viejas lógicas, con nuevos nombres y el mismo libreto. Mientras Benedetti consolida su influencia, la izquierda histórica observa desde la barrera cómo el poder se concentra en manos de quienes aprendieron rápido las reglas del establecimiento.