La política colombiana padece una amnesia selectiva crónica. Quienes ayer señalaban con dedo flamígero el “capitalismo de amigos” y las redes de clientelismo en las casas presidenciales, hoy parecen haber sucumbido a la misma gravedad del poder: esa que atrae irremediablemente a los afectos personales hacia el presupuesto público. El caso de la familia Romero-Plata no es solo una anécdota de contratos y petróleo; es el síntoma de una contradicción ideológica que merece ser diseccionada.
El Contraste de las Dos Orillas
Resulta paradójico que, mientras el discurso oficial promueve un ascetismo energético —bajo la premisa de salvar el planeta “marchitando” la exploración de hidrocarburos local—, en la periferia íntima del Gobierno la realidad sea mucho más pragmática. El petróleo, al parecer, deja de ser un “veneno ambiental” cuando su gestión se cocina en las reuniones de confianza de Danilo Romero.
La creación de vehículos empresariales como Colven Business & Corp a escasas semanas de la posesión presidencial, sumada a los hilos que conducen hacia PDVSA, dibuja un panorama donde la transición energética parece ser una regla para el país, pero una excepción para los allegados.
El “Roscograma” en la Casa de Nariño
No se trata solo de petróleo en Venezuela. El rastro del dinero llega hasta el corazón administrativo del Estado:
La logística del afecto: Los contratos de Ingrid Carolina Plata en el DAPRE, que superan los 700 millones de pesos, plantean una pregunta incómoda: ¿Se está remunerando la capacidad técnica o la cercanía personal con la primera dama?
El silencio administrativo: La omisión de vínculos conyugales en las declaraciones de conflicto de interés no es un error de trámite; es una barrera contra la transparencia que el “Gobierno del Cambio” prometió derribar.
¿Instituciones o Círculos de Amigos?
Cuando los viáticos de lujo y los barriles de petróleo se mezclan con los lazos de bautizo y las amistades de décadas, la institucionalidad se debilita. Si el mérito es reemplazado por el afecto, la política exterior y energética de Colombia queda supeditada a los intereses de un “roscograma” que no rinde cuentas a la ciudadanía, sino a la lealtad personal.
El país no votó simplemente por un relevo de nombres en la nómina estatal, sino por una transformación en las formas de ejercer el poder. Ver cómo el círculo íntimo del presidente cosecha frutos en la industria que el mismo Gobierno busca desmantelar, no es una “coincidencia”; es una señal de que, quizás, lo que está cambiando no es el sistema, sino simplemente los bolsillos que se benefician de él.