DMG cayó, pero su herencia sigue viva en Colombia

La columna “La familia DMG” de Ana Bejarano no revive un escándalo del pasado por simple nostalgia periodística. Lo hace porque Colombia sigue sin procesar del todo lo que DMG significó, y porque el olvido —selectivo y conveniente— se ha vuelto una constante nacional.

DMG no fue solo una pirámide financiera. Fue un fenómeno social que expuso la fragilidad del Estado, la desesperación económica de miles de ciudadanos y la facilidad con la que el dinero ilegal se camufla como “emprendimiento” cuando promete prosperidad inmediata. David Murcia Guzmán no operó en el vacío: creció en territorios abandonados y se fortaleció con la indiferencia institucional.

Bejarano apunta a un tema incómodo: la herencia. No solo la financiera, sino la simbólica. La normalización de atajos, la romantización del “vivo” y la facilidad con la que ciertos nombres, apellidos o círculos cercanos al poder reaparecen sin que nadie haga demasiadas preguntas. DMG cayó, pero su lógica no desapareció.

La columna obliga a preguntarse por qué, en Colombia, los grandes fraudes parecen tener fecha de vencimiento moral. Pasan los años, cambian los titulares, y la indignación se diluye. Las víctimas quedan con pérdidas irreparables mientras el debate público se distrae con la siguiente polémica.

“La familia DMG” no habla únicamente de un grupo empresarial ilegal. Habla de un país que tolera, olvida y recicla sus propios errores. De una sociedad que castiga el delito solo mientras es noticia, pero que luego permite que las sombras regresen, maquilladas de respetabilidad.

El texto de Ana Bejarano incomoda porque recuerda algo esencial: la memoria también es una forma de justicia. Y cuando se renuncia a ella, el terreno queda listo para que la historia se repita, con otros nombres, otros discursos y las mismas víctimas.

DMG no es pasado. Es advertencia.

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